El año pasado asistí por primera vez al Festival de Mar del Plata en su edición número 34. La larga espera se cumplió y fue todo lo que anhelaba. Si bien ya hace varios años que asisto al BAFICI, donde hay que encontrar huecos en la rutina, trasladarse para ir a un festival es vivir el festival.
Este año, más allá de exhibir un trabajo, estaba negado al Festival en su modalidad online. Sin ir más lejos, sentía que me perdía vivir el Festival. No revisé la programación ni busqué el instructivo. Sin embargo, el primer día me tenté. Busqué rápidamente el sitio web y le di play a la primera película que me apareció (de las recomendadas por el newsletter de La vida útil). Isabella(2020) me recordó lo mucho que me gusta el cine que se proyecta en festivales. Lo que me llevó a preguntarme: ¿Cuál es el espectador promedio de los festivales?. La primera idea que se me forma es la de un espectador activo, es decir, aquella persona que sabe de entrada que tiene que estar atento. Aunque haya películas inentendibles de todas maneras, o películas más amenas, uno creo que en la película hay algo más aparte de lo que ve. El montaje no lineal de Isabella obliga al espectador a estar atento, a entender la lógica narrativa hasta que en un momento queda claro y uno ya se puede entregar a los personajes que en sí son el alma de esta película.
Siguiendo esta línea, se pudieron ver durante el Festival montones de cortos de los cuales solo vi tres y cada uno interpela a su manera. Leaf(2020) lo hace desde los recursos que la animación le permiten, Poilean(2020) desde la mera observación de un radiante paisaje rural y Donde podemos encontrarnos(2020) desde una exquisita división de pantallas.(Cabe destacar que este último se pudo ver en el marco Pantalla UBA, quizás el lugar donde mejor se trabaje la experimentación desde lo académico hoy en día).
Si hay algo que me gustan en particular de los Festivales son las retrospectivas y homenajes. La posibilidad de ver una obra maestra en pantalla grande y buena calidad (aunque durante esta edición solo se dio esta última) que de otra manera no haya sido posible (generalmente por mi edad), me llena de satisfacción. Y así fue al ver La cifra impar(1962) el primer largo de Manuel Antin. La otra gran figura dentro de trayectorias fue Edgardo Cozarinsky, a quien estuve leyendo estos días. La sensibilidad que maneja en sus películas es de un nivel superior. Sobre todo Medium(2020) su documental sobre Margarita Fernández.
Lo que más me llamó la atención fue la presencia (o mejor dicho, la ausencia) de Cozarinsky en la película (videoensayo) de Nicolás Zukenfeld No existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo(2020). Creo que no hay mejor forma de cerrar el festival que con una película que te da ganas de ver películas.
Pienso un poco en el recorrido de la semana y me di cuenta de que hubo (llegué a ver) varias películas con protagonistas jóvenes (lo que ya he nombrado como adolescentes bien) y temas familiares. Algunas que me divirtieron como Shiva Baby(2020) y Las siamesas(2020), una que me hizo reflexionar como La escuela del bosque(2020) y dos que pasaron sin pena ni gloria como Sophie Jones(2020) y Seize Printemps(2020).
Ahora, ya pensando si el próximo año podré volver a la Perla del Atlántico, aprecio haberle robado tiempo a la rutina cargada de trabajo para ver una docena de películas en este Festival tan querido.



