domingo, 2 de agosto de 2020

No tener ilusiones en la vida es como ser un espantapájaros

No soy un amante del cine de acción, la mayoría de las veces me resulta aburrido. Las explosiones, los tiros, las persecuciones en autos no me llenan de adrenalina. Diría que hay pocas películas del género que tengo presentes en el día a día, y quizás porque se trate que más que un conjuntos de artilugios puestos para sorprender. Esta semana vi la tercera entrega de John Wick (Chapter 3:Parabellum, 2019), no entra particularmente en la categoría antes descrita pero entretiene. Lo interesante pasa por haber creado un mundo propio, una franquicia que no le debe nada a un cómic, ni a un libro, ni a una serie, ni a un videojuego (si bien por momentos nos recuerda a uno).  La idea de uno contra todos llevada hasta el paroxismo en cada película, aunque da la sensación de que se van terminando las ideas (tanto de acción como de trama). 


De chico siempre me llamó la atención Eddie Murphy, fue uno de los primeros actores que  recordé y reconocí sin problemas (me pasaba que con muchos repetía el nombre del personaje al que habían interpretado y la película), supongo que me atrajo su carisma, es sumamente comprador (sin saber que era él, el personaje de Burro en Shrek tenía estas mismas características). Lo gracioso es que lo conocí en el momento que su pico de fama ya había pasado y hacía películas como La guardería de papá (2003), las remakes de Doctor Chiflado (1996) y Doctor Dolittle (1998) o La mansión encantada (2003). Luego salió un poco de escena y lo volvimos a encontrar el año pasado en ese hermoso homenaje llamado My name is Dolomite (2019). Pero siempre me quedó pendiente su época de mayor éxito, a mediados de los '80. Aprovechando que están sus great hits en Netflix, vi por primera vez Detective suelto en Hollywood (1984) donde ya despliega todo su talento. Se podría hacer un pequeño clip solo con sus risas durante la película, no sólo genera una gran empatía, sino que da la sensación de que está tentado todo el tiempo, risueño, como si nada le importara mucho.


Si pensamos en la historia del animación argentina, posiblemente García Ferré sea el primer nombre que se nos venga a la cabeza. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que vi el VHS que tenía de Manuelita (1999), pero nunca me animé a Pantriste (2000) ni a Ico, el caballito valiente (1983).  Mi madre recuerda con mucha tristeza una de las primeras producciones de García Ferré, lo que me llevo a verla esta semana, se trata de la historia de Trapito (1975). Me encontré con un relato que sólo es triste en su comienzo y en su final, donde nuestro protagonista se siente triste y vacío al vivir clavado en la tierra. Descubrí que en realidad, lo verdaderamente angustiante era el tema principal:
Pero el grueso de la película narra las aventuras de Larguirucho (acompañado por Trapito), donde un problema lleva a otro de forma inconexa pero entretenida, lo que deja al drama de Trapito en segundo plano. 
Lo interesante de estas producciones de García Ferre es la forma de hablar de sus personajes, si bien no hay referencias a la Argentina (salvo claro Pehuajó en Manuelita), no dejan de tener tonada o acento (lo que las diferencia del resto de las películas animadas dobladas en un castellano neutro para latinoamérica (a excepción de la vez que doblaron en Argentina varias películas de Pixar)). Sobre todo los personajes interpretados por Pelusa Suero. Comparto este micro documental donde cuenta su participación en estas producciones:

Abbas Kiarostami me planea muchas dudas, y reconozco que no lo he visto lo suficiente. De hecho Primer Plano (1990) es segunda película que veo de él. No voy a buscar un estilo autoral, pero reconozco que ambas películas me trataron como un espectador activo, pendiente de la trama (con personajes con los que empatizar casi desde el comienzo). Lo interesante se da durante el recorrido, donde se cuestiona repetidamente el propio dispositivo cinematográfico. Insisto, no vi ni una décima parte de su filmografía pero sé que promete.

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